Contra la única forma válida de ser trans*: crítica transfeminista al neoliberalismo médico

Una reflexión crítica sobre cómo la interseccionalidad, el capitalismo y la colonialidad influyen en la patologización de las identidades trans*, y sobre la necesidad de imaginar formas de existencia que rompan con el binarismo y las lógicas de control.

CUERPOTRANSCONFLICTO

Camila Orozco

11/14/20255 min read

Hablar de interseccionalidad no es algo nuevo: hay diversas desigualdades que atraviesan a las personas de distintas formas -la clase, el género, la raza, entre otras- y en el caso de las identidades trans*[1], esto se hace evidente al observar cómo el Estado y las instituciones regulan y controlan las formas válidas de existencia. Quienes se alejan del modelo médico y conciben su identidad como una decisión política, desafían las estructuras estatales que buscan regular y controlar las identidades. Desde algunos transfeminismos se denuncia que el Estado produce violencia a través de protocolos, planteando la transexualidad como una enfermedad mental (Medeak, 2013, p.77). Las instituciones refuerzan así un binarismo rígido.

Una de las consecuencias macro que tiene la patologización de lo trans* -más allá de sus efectos individuales y psicológicos, como la transfobia internalizada- es que sitúa el problema en la persona, invisibilizando la transfobia estructural. Los movimientos por la despatologización trans* muestran cómo la necesidad de modificar los cuerpos está entrelazada con los intereses médicos, farmacéuticos y económicos (Suess Schwend, 2016, pp. 303-320). Al concebir los cuerpos trans* como cuerpos enfermos, se los margina de la sociedad capacitista que los considera no aptos (Platero, 2013)

Esta concepción hegemónica de lo trans* responde a una lógica médica, occidental, binaria y colonial, a pesar de que existen identidades de género pre-coloniales que no basan su concepción del mundo de manera binaria (sino dual). Si bien en la actualidad se ven cada vez más referentes trans*, esta legitimidad responde a una lógica neoliberal: se incluye a quienes pueden insertarse productivamente en el sistema económico, quedando las personas trans* racializadas o con pocos recursos económicos sistemáticamente excluidas (Sayak, 2013). Desde una mirada marxista, esta exclusión no es únicamente cultural, sino que responde a una función económica especifica. Raha (2021) explica cómo las personas trans* y queer, expulsadas de sus redes de cuidado, deben sobrevivir en soledad, facilitando su explotación. Así, el capitalismo se nutre de la transfobia como forma de control social (p.97). De esta forma, la transfobia y el capitalismo se lucran y ejercen mecanismos de control social, manteniendo a las personas trans* en exclusión para que el sistema neoliberal se pueda beneficiar de ello.

La vinculación entre el capitalismo, la industria farmacéutica y la patologización de lo trans* es clara. Los estereotipos de belleza surgen para que el mercado pueda lucrarse de ellos, beneficiándose no únicamente del binarismo de género, sino también generando formas de concebir lo trans* dentro de ese capitalismo médico. La patologización de lo trans* puede haber sido impulsada por el capitalismo, y, al mismo tiempo, el capitalismo ha servido para que se normalice lo queer, pero a su vez ha creado una única versión de existencia, en este caso, de los cuerpos trans*.

Por otro lado, además de la influencia del capitalismo, no puede ignorarse la dimensión colonial. La subjetividad de los cuerpos trans* están atravesados por la colonización a través de la medicina, donde la medicina presupone que solo existen dos sexos (esto se desmonta con la intersexualidad) y presupone “coherencia” entre sexo, género y deseo heterosexual (Ortega, Romero Bachiller & García Dauder, 2008). Anzaldúa (2021) sostiene que la obligación de posicionarse entre categorías fijas es una forma de violencia colonial. La noción moderna de transexualidad se construye, así, desde la colonialidad del saber y del poder (Boellstorff et al., 2014), negando otras formas de transición y perpetuando un modelo medicalizado y homogéneo.

La imposición binaria del Occidente ha negado la existencia de diversas experiencias de género que existían en culturas precoloniales, además de haber estigmatizado a las personas trans* e impuesto un modelo universal de transición basado en la medicalización, ignorando las diversas formas de transición que hay en culturas no occidentales. Al final, la transfobia se puede analizar como una estrategia del capitalismo colonial para controlar los cuerpos y excluir a aquellos que no sirven a su lógica de producción.

Si bien mi reflexión se basa en la crítica a la patologización y medicalización de lo trans*, no pretendo en ningún momento decir cómo deben de vivir su identidad las personas trans*, sino entender por qué se excluye a las personas trans* que no pueden o quieren acceder a tratamientos médicos. Además, la patologización y medicalización de los cuerpos trans* ha servido para que algunas familias “acepten” la identidad de su hijx desde la perspectiva médica, lo que, si bien es un avance, también hay que comprenderlo dentro de las dinámicas de poder del capitalismo neoliberal. Lo médico no actúa solo controlando el cuerpo, sino que se instaura en la cultura estableciendo como el único paradigma legítimo, pero, aunque la la visibilidad dentro del ámbito médico responde a una lógica de control y capitalista, también permite que las personas trans* accedan a derechos que de otra forma sería difícil.

Como dice Miguel Missé (2015, p.62) “Detrás de los tratamientos médicos no está la voluntad de combatir la transfobia sino la de curar y tratar la transexualidad. La transfobia no se combate en los quirófanos haciendo leíbles los cuerpos de las personas trans* sino educando la mirada del otro ante la diversidad de cuerpos y género existentes.” Por eso es importante reflexionar en torno a las concepciones sociales de lo trans* fuera del modelo médico, que rompan con la lógica binaria del género. Es necesario que el poder y el disciplinamiento dejen de estar en la patologización; esto no significa rechazar cirugías ni tratamientos hormonales, sino romper con la idea de que la única forma de existir en una identidad trans* es a través del reconocimiento médico.

Imaginar futuros donde las identidades trans* existan fuera del binarismo no es una utopía, es un acto de resistencia, una necesidad política. En un momento histórico en el que tantos hombres blancos en el poder intentan, de manera sistemática y activa, negar el derecho a un futuro a las personas trans*, la capacidad de imaginarlo se convierte en un acto de resistencia. Las personas trans* no solo siguen existiendo, sino que tienen el derecho y la fuerza para imaginar y construir un futuro mejor para todxs.

[1] El siguiente texto surge del trabajo “Repensando la medicalización: transfeminismos, teoría queer y feminismos decoloniales en la construcción de lo trans*” escrito para la materia “Teorías feministas: Igualdad, diferencia y diversidad” correspondiendo al Máster Erasmus Mundus en Estudios de la Mujer y de Género (Gemma), coordinada por Ana Alcázar Campos.

[1]El asterisco en trans* lo uso para mostrar lo trans* como una identidad fluida, negando la transición en relación con un destino final (Halberstam, 2018, p. 4) y porque algunos movimientos de despatologización también lo hacen (Suess Schwend, 2018); sin embargo, me cuestiono hasta qué punto esta forma de nombrarlo responde a una perspectiva occidental.